Jesús Arcesio Ocampo

¡Un último trago amarillo, por favor!

Fotografías:
Cristina Abad
- Escrito Por:
Juan Sebastián Salazar
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El servicio del taxi es para ayudarle a la gente. Es que uno de taxista es muy psicólogo: a uno le toca salvar vidas y ayudar… Ese es el servicio verdadero del taxi: cuando a uno le toca manejar el sentimiento psicológico con los otros.

Por ejemplo, las mujeres embarazadas, que están a punto de dar a luz. A mí me han tocado tres episodios de ese tipo y lo que uno tiene que hacer es tener mucha serenidad, estar pendiente de ellas, ir rapidito con el carro, ir pitando, pidiendo vía para salvar esas dos vidas. 

Lo que yo hago también en esos casos es… –¡Y es que hasta a uno le da risa! Lo que hago es poner mi mano en mi estómago y hago fuerza dentro mío para que el bebé aguante; así, de pronto, uno puede transmitirle valor a la señora–… Sí, es como si yo estuviera en embarazo. ¡Tan raro eso! Sentir ese contacto, ese puente… Ay, no-no-no… Me da risa. Pero eso lo trata uno psicológicamente. ¡Y es una gratificación tan grande cuando ella llega bien al hospital!

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Voy a darle otro ejemplo. Una vez en Bello, por el CAI de Baleares, una muchacha muy desesperada –jovencita, como menor de edad–, me paró y me dijo que la llevara a un morro, que se quería suicidar. Yo le dije que tal cosa, que usted tiene familia, cómo va a dejar así… Empecé a hablarle porque… Uno no sabe qué le está pasando, esa parte psicológica es muy fuerte. Pero ella seguía: que la llevara al morro, y yo que no, y me desviaba para llevarla a otro lado y no-no… Entonces la dejé ahí, en el morro, desesperada. ¿Qué más podía hacer? Ahí yo me fui a trabajar… No pude hacer nada. Si yo hubiera visto un policía se la hubiera entregado ahí mismo, pero no, no se pudo. 

Es que a veces no se puede. La otra vez recogí a una muchacha en el Parque de Bello; estaba sentada y… No sé, al parecer le habían dado algo porque estaba muy distraída, muy ida. Yo me acuerdo que la vi ahí, sentadita, y me hice al lado y le hablé, conversamos: me dijo dónde vivía y le pregunté que si la arrimaba. Y hablamos y hablamos. Al día siguiente la llamé y hasta nos hicimos amigos y todo. Luego me contó que la familia tomaba traguito y que ella tomaba desde los trece-catorce años, que desde muy pequeña empezó a guardarse las botellas de guaro… Hasta que se volvió alcohólica. Y yo hablaba con ella y la escuchaba y le ayudaba. Es más, después, inclusive, con la muchacha me cuadré, y alcancé a vivir con ella y todo. Pero eso es muy difícil, pues, andar con una mujer alcohólica: ella estaba poseída por el trago, y el control… No, fue una relación muy difícil. Yo bregaba que no tomara, porque cuando ella empezaba no paraba, pero a ella no le importaba nada: salía a la calle –allí y allá– y regresaba al día siguiente, a las nueve. En un solo año tuvo cuatro episodios de ir al hospital mental, y yo la llevaba.

No… Eso era tome y tome. Hasta que me cansé; dije que eso ya no era mío, que ya no se podía, que no había nada que hacer. Y terminamos y hasta me llamaban del hospital diciendo que ella estaba aquí y yo no-no-no.

Pero eso hace mucho ya. Ahora yo la llevo de vez en cuando en el taxi y está muy bien… No sé las circunstancias, pero está bien.

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