Carlos Hoyos

Los límites del amarillo

Fotografías:
Cristina Abad
- Escrito Por:
Juan Sebastián Salazar
Carlos Hoyos / Cali, taxista - Relatos Amarillos

Yo mantengo el carro polarizado por un tema de seguridad de mis clientes; es que uno debe tener profesionalismo en estos temas. La verdad es que yo no me considero un taxista: yo me considero un profesional del servicio público, un profesional frente al volante. Por ejemplo, un día –eso fue hace unos siete u ocho años– me encontré con el siguiente escenario:

Yo venía por la Avenida Sexta, a la altura de la 18, y un señor me colocó una mano. Yo paro y aborda un caballero de tez morena; me dice que lo lleve a La Flora.

—A La Flora, por favor.

Y le presté el servicio como acostumbro hacer. Entonces entablamos conversa. Cuando llegamos al lugar me dice que lo espere. Él dentra y se demora unos cuatro, cinco minutos, máximo. Y vuelve y sale. Cuando sube me dice que cuánto gano en el día.

—¿Cuánto ganas en el día?

—Cuando el trabajo está bueno, aproximado-aproximado, cerca de cincuenta o sesenta o setenta. Todo depende del ánimo y si uno no se pone a charlar con los amigos o se pone por allá a tomar.

—¡Ah! ¿Me llevas a Chipi Chape, por favor?

Cuando llegamos me dice que lo espere otra vez. Se demora otros cinco minutos y vuelve.

Carlos Hoyos / Cali, taxista - Relatos Amarillos

—Tienes un carro muy bonito.

Yo le di las gracias; él se quedó mirándome.

—Amigo, le voy a hablar muy claro… ¿Este carro es suyo?

—No, amigo, eso no es mío. Yo pago arriendo.

—Mire, esta es la oportunidad de que se haga su carro.

—¿Y cómo es la oportunidad?

—Mijo, vea, lo que necesito es transportar dinero, llenar este carro de dinero: compramos mallas con naranjas y las echamos encima de los billetes; así no llamamos la atención. Usted me lleva a una parte y listo.

Me quedé callado y le respondí:

—No, amigo. Realmente se ha equivocado. Yo con lo que me gano vivo muy feliz: me como un arroz con huevo en mi casa, pero me lo como bien, tranquilo, sin problemas. 

—Piénselo bien.

—No, ya lo pensé. Haga de cuenta que no me ha dicho nada.

—No, tranquilo que yo le voy a pagar su carrera.

Lo dejé y la carrera marcó como veinte; él me regaló sesenta… Es que en esto uno recoge mucha cantidad de personas, y cada uno es un mundo. Por eso yo amo mi trabajo: porque uno conoce muchos mundos: buenos y malos. 

Carlos Hoyos / Cali, taxista - Relatos Amarillos

Aquí llegan muchas propuestas indecentes, sin escrúpulos, con las que uno queda en stand by: mujeres que recoges en hoteles y se cambian al lado de uno para ir a otro hotel, hombres besándose, hombres proponiéndole a uno tener relaciones, que se acuesten con uno, chicas también que se insinúan… Hasta clientas que por el tema de la confianza, el servicio y la intimidad –porque las llevo al supermercado o al centro comercial– se les despiertan las ganas de compañía. Y allí es donde viene lo que llamo yo: los Ayayays: que lo atracaron, que le echaron escopolamina, que le robaron el carro, que le robaron las pertenencias… y así sucesivamente.

Anteriormente yo era un taxista del montón: un taxista cualquiera. Yo no tenía escrúpulos de nada: drogadicto, toma trago, borracho, mentiroso… Yo antes recogía celulares o si la gente se quedaba dormida robaba, también andaba en jeans o pantaloneta o hasta en sandalias. Ya no. Ahora estoy con pantalón, con camisa larga… mantengo el carro limpio. Ahora mi estrategia es ser reservado y muy respetuoso: no veo el retrovisor, por ejemplo. Siempre mantengo barreras. El cliente que se sube al coche se debe sentir, en el momento, bien atendido: que se baje con una impresión de mi servicio.

Yo te digo, mi éxito es saber hasta dónde puedo llegar y hasta dónde no puedo.

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