Paola Andrea Londoño

¿La muerte puede ser amarilla?

Fotografías:
Julio Barrera
- Escrito Por:
Juan Sebastián Salazar
Relatos Amarillos pódcast RTVC Paola Andrea Londoño historias taxistas Bogotá Colombia

Lo que pasó fue que yo tenía programado un servicio a las cinco y media de la mañana para el aeropuerto. Yo fui, recogí el servicio, lo dejé y ahí busqué otra parada y terminé en el terminal y ahí me sacaron la mano y otra vez hacia el aeropuerto. Dejé a la persona y volví a subir y llegué al terminal y estaba súper lleno, entonces me fui a la Zona Industrial y nada. Entonces me fui por la Trece y justo un muchacho se había estrellado: el muchacho estaba encima del separador y todo el mundo estaba encima, tratando de auxiliarlo, pero el muchacho no reaccionaba.

A mí se me dio por bajar a ver qué se podía hacer. Y todo el mundo No se acerque. No se acerque. Pero yo me acerqué a la oficial y le pregunté Cómo se llamaba él. Y miramos en la billetera y empezamos a llamarlo Carlos, Carlos, no te vayas… Carlos, Carlos… Y no, el muchacho no reaccionaba. Yo era búsquele los signos vitales. ¡Ah! Es que en una época yo estuve en la Defensa Civil y nos enseñaron eso… De primeros auxilios. Y yo trátele de buscar los signos, pero por ningún lado los encontraba. De repente él se volvió frío, maluquiento, se estiró y se puso pálido. Yo les dije No, él ya se murió. 

—¿En serio?

—Sí, ya se murió.

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En ese momento llegó la ambulancia, verificaron los signos vitales y no, no… Entonces le dije a la oficial que buscara en los contactos de él para llamar e informar. Viendo su celular me enteré que era de Uber… En los contactos decía Uber, Uber, Uber; es más, cuando la auxiliar miró los grupos de WhatsApp también habían muchos grupos de Uber. 

Buscamos un contacto con el mismo apellido y llamé:

—Hazme un favor. Estamos buscando a un familiar de Carlos…

—Sí, yo soy su hermano.

—Es que lo que pasa es que él acaba de tener un accidente súper grave en la Trece con Boyacá, y necesitamos que los familiares vengan lo más pronto.

—Pues yo estoy retiradito, pero deme unos cuarenta minutos y yo arranco hacia allá.

Colgamos y a los pocos minutos volvió y se comunicó conmigo:

—Ven… ¿Exactamente dónde están?

Yo le dije que como si fuéramos a Fontibón, pero que por la Boyacá.

—Ah, listo. Ya va mi hermana con el cuñado, porque él es el dueño del carro.

—Listo. Dile que vengan lo más pronto porque sí los necesitan acá.

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—¿Pero qué fue lo que pasó?

—Le voy a pasar al patrullero…

Él le dijo:

—La verdad su hermano acaba de fallecer.

Yo le dije que cómo podía tener el corazón para dar una noticia así. Pero lo que más me sorprendió, la verdad, fue la respuesta del hermano:

—Bueno… Ya voy hacia allá.

Entonces yo le dije a la patrullera Bueno, se hizo hasta donde se pudo; yo me marcho. Ella me dijo que muchas gracias. Entonces… Nada, me fui.

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